Alejandro Guzmán Brito Catedrático de universidad. Abogado

La prensa ha divulgado el escaso éxito tenido por la norma que obliga a pronunciarse por aceptar o rehusar la condición de donante de sus órganos a terceros en caso de muerte. Muchas personas, en efecto, han rehusado donarlos. Lo cual ha llamado la atención. Los moralistas han hablado de egoísmo, insensibilidad, insolidaridad y de otras cosas del género, propinadas a los refractarios. No han faltado quienes levantaron la consideración de que los rehusantes no debieren recibir ellos mismos órganos donados por terceros si llegare el caso de necesitarlos alguno. Con lo cual, por cierto no han hecho otra cosa que reforzar la argumentación en contra de las donaciones inducidas, al introducir un principio de retorsión en el asunto, que podríamos expresar así: "quien no acepta ser donante de órganos no puede ser su donatario"; del cual se deduce este otro: que para ser capaz de recibir donaciones hay que haber aceptado ser donante.
Claro que, como ese principio es consecuencia de uno más general, que se puede formular de esta manera: "quien no acepta dar un beneficio no puede recibir ese beneficio", de modo que para recibir beneficios hay que estar dispuesto a darlos, habría que exigir a la gente declarar si está dispuesta a donar, pongamos por caso, cien mil mensuales a los menesterosos, y concluir que los renuentes no pueden recibir nada si caen en menester ellos mismos. Lo cual fuere moralmente inaceptable. La caridad, en efecto, es gratuita o no es caridad; y nunca se le puede negar ni al más egoísta o mezquino, como tampoco al enemigo. Al revés, más mérito tiene dar al que nunca da que al que da siempre.
Por lo que a mí respecta quedo fuera de la discusión, ya que no es aconsejable que done mis órganos por haber padecido alguna vez la hepatitis. Si alguna vez requiriere órganos de algún prójimo fallecido, es probable que no me niegue a recibirlos; pero no los desearé ni menos buscaré con vehemencia.
Porque, y con esto llego a lo que deseaba, después de todo esto de las donaciones de órganos suele ofrecer un cierto tufillo inmoral. Ellas, en efecto, implican un "votum mortis". Por tal los antiguos entendían cualquier operación no ilícita que supusiera, sin embargo, la muerte de otro o que implicara una cierta especulación sobre la muerte de otro. Pedirle a alguien que haga su testamento, por ejemplo, es un "votum mortis", pues envuelve la suposición, el caso y hasta tal vez el deseo de su muerte. Por eso a nadie le gusta que se hable de situaciones que involucran su propia muerte; y en Chile la gente ni siquiera acepta testar, aunque testar no sea un "votum mortis" para consigo mismo.
Cuando algún desdichado necesita la donación de algún órgano para sobrevivir y él o sus familiares lo desean y lo piden con vehemencia, lo cual es humanamente comprensible, siempre hay que tener presente que al mismo tiempo ejecutan un "votum mortis", consistente en la presuposición y el deseo de que alguien, ojalá joven y sano, muera coetáneamente para que el enfermo reciba un órgano suyo. Eso nadie lo dice así, por cierto; pero es lo que va implícito al clamar por un órgano, y es en eso en lo que el "votum mortis" consiste.
Yo soy voluntario hace mas de 12 años, eso no puede ser tampoco forzado por la sociedad, pero lo que es relevante, tal como lo señala el ciudadano, más mérito tiene dar al que nunca da que al que da siempre.
Firma: Octavio Atilio.-
