Fernanda Díaz C. Docente Escuela de Psicología Universidad Adolfo Ibáñez

Para cualquiera es difícil elaborar un evento como un terremoto. Sin embargo, para que se constituya en una situación traumática propiamente tal, ésta debe ser vivida como algo imposible de pensar mentalmente, por lo que los individuos no pueden responder a dicha situación de manera adaptativa.
Los niños, que no han completado su desarrollo psicológico, son sujetos más vulnerables en este tipo de situaciones. Por lo tanto, es importante que ellos reciban especial apoyo y vigilancia.
Cuando se instala un trastorno, se observa la aparición de alguno de los siguientes síntomas: trastornos del sueño, estados de ansiedad inexplicables, síntomas depresivos, excesiva irritabilidad, intrusión en la mente de imágenes vívidas y amenazantes, frecuentes y recurrentes ideas de muerte o en especial en los niños, angustias desmedidas por la fantasía de que las personas de las que dependen pueden desaparecer. Si cualquiera de estos síntomas aparece y a lo largo de los días los síntomas se intensifican, se recomienda consultar a un especialista.
En el caso de que no aparezcan síntomas específicos, se recomienda de todos modos, proveer a los niños de espacios de contención y apoyo, esto es espacios en que no se enjuicia ni reprocha ninguna idea del niño. Para hablar deben ser consistentes entre el contenido de lo que dicen y el cómo lo expresan, y honestos en cuanto a no prometer aquello que no se puede cumplir. Los padres, además, deben estar preparados para hablar muchas veces sobre los mismos temas y responder las mismas preguntas varias veces, porque lo complejo de hablar de eventos con altos montos de estrés emocional, es que la mente requiere para elaborarlos de repetirlos varias veces y de modos diferentes, los niños pueden repetir algo doloroso o estresante también a modo de juego, sueños o dibujos. En este sentido, y al contrario de lo que uno habitualmente puede pensar, si los niños no hablan o repiten los temas difíciles, es posible que algo haya quedado encapsulado o enquistado en la mente y que más adelante vuelva a aparecer. En la mayoría de los casos en que reaparece tardíamente, lo hace de manera más intensa y con mayores montos de angustia.
Es importante recalcar que los niños más pequeños, 2 a 6 años, suelen ser más intensos y fantaseosos en sus reacciones, por lo que las respuestas de los adultos pueden incluir elementos no racionales. A diferencia de los escolares que tienden a estar más centrados en la realidad e intentan entender objetivamente los hechos, por lo que en esta edad son los profesores quienes pueden aportar explicando las causas objetivas de un terremoto. El lenguaje utilizado siempre debe intentar ser claro y simple, y se debe responder a lo preguntado por el niño, intentando no restringir información pero tampoco dar más información que la solicitada por el niño. Hay situaciones en la que nosotros mismos como adultos nos vemos sobrepasados por la angustia, si esto es así es mejor posponer la conversación con los niños o pedirle a otro adulto significativo que converse con él.
Por último cabe destacar que después de un evento como el terremoto, imposible de predecir y controlar, es importante generar un ambiente seguro, por lo que es condición primera estar físicamente en un lugar adecuado.
Saludos
Firma: ximena auda.-
