Bernardo Donoso Profesor PUCV

El movimiento y el ruido, con su interminable duración, nos recordó que estas fuerzas incontrolables de la naturaleza son parte de nuestro ser y que nos acompañarán a través de la historia. Cada generación ha de vivirlas más de una vez, siempre con algún grado de temor, solos o abrazados a otros que amamos o en quienes confiamos.
Esta vez tocó a una parte larga del territorio y a más personas de lo que usualmente sucede. Por eso, no solamente nosotros, sino que el mundo entero ha tomado conocimiento de lo acontecido. Lo vemos en las comunicaciones que nos llegan de los amigos desde lejos y de lo que se cuenta sobre Chile a partir de ese día de febrero. En nuestras ciudades del centro pasaron 25 años y parecíamos haber olvidado lo esto era, los daños y su impacto en la vida de cada uno. Hay cientos de miles que no tenían esta noción concreta, salvo los esporádicos relatos de los mayores o la conciencia de otros terremotos más cercanos sucedidos en el Norte de nuestro país.
Pasados los primeros días y aunque estará presente por mucho tiempo el recuerdo de la experiencia, de la tragedia y de las conductas humanas de las horas iniciales, nos empezamos a levantar. Lo propio se hace más pequeño comparado con lo verdaderamente doloroso de otros, porque la medida empieza a cambiar. Descubrimos lo que vivieron miles de personas cuando las imágenes o sus voces nos hablan de ellos. Volvemos a aceptar las nociones de lo efímero, de lo falible, de lo frágil.
En medio de la tragedia surgen las manos que dan calor, que acercan con amistad, que se tienden para salvar. Y surgen las manos de miles, especialmente de los jóvenes para quienes éste es su primer movimiento o encuentro con la tierra que se mueve. Ver la entrega de esta generación con el más alto grado de motivación que se pueda imaginar, buscar la ayuda, preparar las cajas y hacer filas interminables para hacerlas llegar al camión que habrá de llevarlas al sur. Cada bolsa, más allá de su necesario e indispensable contenido, pasa de mano en mano. Cuando son tocadas, mágicamente se convierten en algo más y recogen una expresión de amor humano y de la alegría de los jóvenes que cantan para seguir de pie inscribiendo en su memoria este acto de solidaridad.
Y surge la bandera. Aquella que ha sido símbolo de estos días cuando fue levantada en medio del barro y de la destrucción. La bandera que ha flameado en las casas para unir a todo un pueblo que se ha movilizado en la solidaridad. La bandera que nos compromete al rescate de nuestros valores profundos del ser chileno y a la promesa de un análisis diverso y riguroso para aprender de la experiencia y ser mejores en el más amplio sentido. Que el dolor no sea en vano, que nuestra conversación responda a las preguntas noblemente.
